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Sudáfrica fue una vez el mayor productor de oro del mundo, con más del 75 % de todas las reservas globales en 1970. Esa industria icónica creó una riqueza que atrajo a inmigrantes de todo el mundo, pagó la construcción de carreteras y ferrocarriles, e hizo de la economía de Sudáfrica la más gran del continente.

Las minas donde tantos se hicieron ricos, se cerraron después de que las reservas se agotaran aún más rápido de lo esperado. Una generación de pobres sudafricanos y migrantes, ahora irrumpe en ellas y hurgan ilegalmente para sobrevivir.

Ahora los escombros de sus minas se han convertido en un nuevo tipo de símbolo, el de la desesperación. La vieja mina Durban Deep, cesó oficialmente sus operaciones en 2001, pero los millones de onzas de oro que se cree que aún no se han extraído, han atraído a inmigrantes de bajos ingresos, principalmente de Zimbabwe, Malawi, y Lesoto.

La gran mayoría de las catorce mil personas que trabajan en las 6000 minas abandonadas son inmigrantes; la mayoría de estas minas se encuentran situadas en Johannesburgo.

Comercio ilegal de oro en minas abandonadas de Sudáfrica

Las condiciones de trabajo son terribles, ya que estas minas en desuso a menudo están controladas por bandas criminales violentas

Varias ONG indican, que unos 2.000 mineros fantasmas trabajan en esta llamada esclavitud moderna de oro, cada año. Estos son capturados y vendidos por criminales despiadados.

También hay personas que trabajan en las minas abandonadas de Sudáfrica y que no son  víctimas de los criminales. Varios de los mineros ilegales son conocidos como zama-zamas  y trabajan por su propia cuenta. Además, hay mineros que son pagados por sindicatos y  trabajan disfrazados de empleados.

Toda esta situación ha avivado diversos delitos como; la prostitución infantil, el uso de armas, los asesinatos  y el robo violento en el llamado “cinturón de oro”.

Sin pasaportes, ni forma de comunicarse con el mundo exterior porque no pueden hablar los idiomas locales o el inglés fluido, la mayoría de estos mineros forzados, están demasiado asustados para intentar escapar.

Las posibilidades de que ocurran graves accidentes y  muertes son cada vez mayores. No hay mantenimiento, equipos de seguridad,  acceso a oxígeno, ni supervisión por parte de compañías mineras profesionales. En 2014, 23 mineros ilegales murieron en un solo día. Se dice, que al menos una persona perece cada semana en las minas, aunque no hay cifras oficiales.

Los esfuerzos para abordar el problema han sido hasta ahora inútiles, especialmente a medida que crece el número de minas abandonadas.

La minería ilícita ya es común en Sudáfrica, que junto con el desempleo, la migración ilegal y la pobreza, han contribuido al crecimiento de la actividad criminal; una fuente de empleo informal que abarca los 8.000 y 30.000 mineros ilegales en todo el país.

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