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La noche anterior al cierre el museo fue plenilunio tiene una estructura polifónica en la que se delinea casi desapercibidamente un país posrevolucionario custodiado por el emblemático museo del edificio de cristal. Una historia distinta, con cierto humor, llena de pasión y que muestra una faceta del México profundo.

El relato comienza con Cecilia y Helena, dos niñas que van con el colegio a visitar el museo de El Chopo en México. Están fascinadas porque es un museo de ciencia natural con animales disecados, esqueletos de dinosaurios  y también hay momias.  Su madre les cuenta que su tía Marcela está en ese museo momificada y se entusiasman con poder verla. A partir de ese momento, entreverada en varios planos narrativos, conoceremos la historia que llevó a Marcela a convertirse en una muerta incorrupta: su historia de amor con Rómulo, su fallecimiento y su periplo una vez convertida en cadáver.

Basada en una historia familiar, la narración se desarrolla entre el pueblo michoacano de Tlapujahua, y la Ciudad de México, bajo el cobijo de uno de los museos icónicos y entrañables, principalmente para los capitalinos: El Chopo.

La vida de los personajes confluye en una sola, la de Marcela, descubierta incorrupta por su esposo y trasladada por su hijastro a  Azcapotzalco, pueblo aledaño a la Ciudad de México, y posteriormente al museo de El Chopo. Rómulo, Marcela la viva, Esteban, Marcela la momia, Helena y Cecilia, son los personajes centrales del relato. Un cruce de pasiones, amores y extravíos  de aquellos que no pasan completamente el dintel de la muerte, quedan a medias, incorruptos o momificados, y de los que viven a su alrededor y no pueden sustraerse de las pasiones oscuras, tiernas, descarriadas y brutales que inspiran.

“Preparó una habitación para ella ¿por cuántos años? Hasta que la naturaleza la respetara. Temeroso de que el sol le hiciera daño, tapió obsesivamente las ventanas para que ningún rayo de luz cayera sobre el cuerpo de la difunta. Pintó de blanco las paredes, con cal, para evitar los microbios y los insectos que pudieran dañarla. Un santuario, tu santuario, murmuraba. Contrastaban las paredes con el piso rojo, teñido con una tintura muy usada en aquel entonces, la llamaban congo. Yo no sé cuántos días se tardó en realizar esos menesteres, supongo que una semana o dos, para el caso es lo mismo. Diligente, puso una tarima bien construida, de madera de chico zapote, traída desde el trópico veracruzano, para asegurarse de que no se deteriorara durante los tiempos tan húmedos de Tlalpujahua. Su intención era crear una cama hermosa y cómoda, por eso fue a buscar en los baúles donde la misma Marcela había guardado su ajuar de bodas, hecho por las manos maravillosas de las abuelas del pueblo. Encajes, algodones, almohadas frescas rellenas de pochota, olorosas a pachuli. Mares de sábanas blancas, con las que Marcela alguna vez danzó cuando nadie la veía. ” (Fragmento de La noche anterior al cierre el museo fue plenilunio, La Equilibrista, 2020)

Carmen Turrent (México, 1946) radica en la ciudad de Cuernavaca desde hace más de cuarenta años y es profesora de primaria, maestra en ciencias del lenguaje y doctora en literatura mexicana. Ha trabajado en la formación de maestros de lengua y literatura y en educación indígena de su país en la Universidad Pedagógica Nacional; además ha publicado diversos artículos sobre arte, educación y literatura en revistas universitarias, y cuentos como coautora.

https://www.laequilibrista.es/producto/la-noche-anterior-al-cierre-el-museo-fue-plenilunio/

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